Mientras más de la mitad de los clubes españoles de todas las categorías se encuentran en bancarrota, el Ribaforada parece ser de los pocos que puede presumir de contar con unas arcas saneadas. Los tabloides deportivos cada vez se llenan más de noticias que pintan un presente (y futuro) negro en la economía de los equipos, por lo es ahora más que nunca cuando cobra sentido ese dicho tan nuestro: «cuando veas las barbas de tu vecino cortar pon las tuyas a remojar». Ante este panorama, no sería conveniente alardear de la salud de uno a costa de las miserias de los demás, porque realmente uno fue de los primeros enfermos en contagiarse del virus. En efecto, la bienaventuranza rojilla no se debe sin más a la buena administración de sus fondos pues, como podemos recordar sin mucho esfuerzo, no hace menos de un lustro que la situación económica era bien distinta. Es evidente que el club no es inmune a las penurias, como ningún otro, y también ha pasado por sus periodos de depresión. Afortunadamente ya hace tiempo que saldó su deuda. Esta sana revisión del pasado nos debe hacer pensar que antes de tirar la casa por la ventana en aras de conseguir unos determinados objetivos deportivos, merece la pena permanecer cautos ante la situación en la que se encuentra nuestro fútbol, pues de lo contrario ya se sabe; estaremos condenados a repetir los errores. La década de los noventa dio al club una época dorada pero también dejó un legado que apunto estuvo de dejarlo sin el nuevo y flamante siglo que se aproximaba. Queremos un Ribaforada presente pero también futuro, por ello es menester seguir en la línea de la templanza que se viene marcando, pues en ella sin duda hallaremos la virtud.
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